Archivos Mensuales: enero 2019

Cabo Norte, un lugar mítico para todos los viajeros

NORUEGA

Mes de Julio. Sin duda, viajar a Cabo Norte (Nordkapp) es una de las metas más deseadas para las personas viajeras, para mí significó una verdadera aventura llegar a este lugar y  recorrer aquella parte del Ártico, en el confín del mundo dónde la tierra se terminaba en un gran acantilado de unos 307 metros de altura que se precipitaba al Mar de Barents. Entonces me pareció sentir la fascinación que me provocaba, creía palpar la esencia mágica del Norte, me encontraba a tan sólo a unos 2.100 Km del Polo Norte geográfico.

Aunque su situación es 71º 10’ y 21” N y 25º 47’ 03” E, en la isla de Mageroya, en el extremo Norte de Noruega, el Cabo Norte en realidad… ¡no es el Cabo Norte!  Cuando los aparatos de cartografía modernos permitieron medidas más precisas, se dieron cuenta de que el punto más septentrional de Europa no era donde estaba situada la Esfera Armilar y el Centro de Visitantes, sino el Cabo Knivskjellodden a unos 1.500 metros más al Sur, 71º 11’ 8” N y 25º 40’ 54” E, era el punto más septentrional de Europa. Pero en la historia, Cabo Norte  se hizo mítico.

Durante dos días me alojé en el Hotel Scandic, en Honningsvag, una ciudad situada al sur de la isla Mageroya que se había convertido en la puerta hacia el Cabo Norte. Después de la cena acudí a la cita concertada con una agencia para la excursión al fin del mundo. Me uní a un pequeño grupo de turistas ingleses, ocho parejas de diversas edades. Menos mal que el guía hablaba algo de español, lo suficiente para satisfacer mis preguntas.

En el trayecto, unos 40 Km,  pude contemplar paisajes espectaculares, montañas redondeadas cubiertas de grandes manchas de nieve, lagos serenos que reflejaban en sus aguas la belleza del entorno. En algunas zonas numerosas manadas de renos pastaban y otros echados sobre el lecho de líquenes. Observé que conforme la carretera se aproximaba a Cabo Norte el paisaje dio un cambio radical: los desolados e inhóspitos parajes de tundra. Nada podía crecer allí, los elementos se conjugaban para hacerlo imposible.

Y allí estaba Cabo Norte, llamándome, instalándose en mis retinas. Lejano, o no tanto, mi sueño se había cumplido.

Dejé el autobús en el parking y pregunté al guía la hora del regreso. Me separé del grupo y anduve un trecho camino bordeado aquí y allá con montoncitos de piedras,  pequeños monolitos construidos por los viajeros que, probablemente cada invierno, desaparecerían barridos por el viento. Aunque era el mes de Julio hacía frío, sentía en mi rostro esa gélida sensación térmica. Sin embargo, en mi interior fluía una  cálida emoción que embargaba todos mis sentidos.

Paseé por la extensa planicie y fotografiaba compulsivamente cada vez que descubría algo nuevo para mí. Sobre todo el cielo, colores intensos del amarillo al anaranjado, nubes rosáceas, rojizas y en el horizonte una enorme bola de fuego que bajaba lentamente. Una experiencia inolvidable en un lugar diferente de nuestro planeta  Tierra.

Tras recorrer todo el exterior y admirar los colosales monumentos del Cabo, el principal que preside aquel lugar era la enorme Esfera Armilar construida en 1978 sobre una base de piedra, además es el punto de referencia mítica para las fotografías de los viajeros.

Otra obra espectacular: el “Monumento a los Niños del Mundo” inaugurado el 15 de junio de 1989. Una idea del artista Simon Flem, a través de la cual propuso un concurso de dibujos para niños de todo el mundo en el que quiso plasmar la cooperación, amistad, esperanza, alegría y paz a través del arte para transmitir que dichos valores estaban por encima de cualquier frontera. Esta obra la completa un niño y una madre retratados por la artista Eva Rybakken, los cuales parecían estar observando el mensaje de los mismos.

El menos visitado, el monolito que recuerda la visita del Rey de Suecia y Noruega, Oscar II, el día 2 de Julio de 1.873. Ubicado a la izquierda del edificio Centro de Visitantes.

Mientras, el reloj marcaba el tiempo y la gran bola de fuego continuaba descendiendo.

El edificio del Centro de Visitantes contaba con las instalaciones necesarias para atender a los viajeros: baños, cafetería, restaurante, tienda de souvenirs y una oficina postal. También se exhibía una exposición sobre la historia de la isla de Mageroya y un auditorio con gran capacidad en el que se proyectaban, cada media hora, un documental del Cabo Norte durante las diferentes estaciones del año, incluidas las auroras boreales.

Desde este mismo edificio entré a la gruta excavada en la roca que conducía a un mirador situado a unos metros por debajo de la Esfera. La panorámica era fantástica, algo existía en este desolado acantilado azotado por los vientos que excitaba mis sentidos. Permanecí un largo rato contemplando el Mar de Barents y la inmensidad que abarcaba.

Continué recorriendo la gruta en la que también admiré una pequeña iglesia dedicada a San Juan. También me resultó curioso el Museo de Tahilandia inaugurado en 1.989, un recuerdo de la visita del Rey Phra Chula Chomklao Chaoyuhua, de Siam (actual Tahilandia) en el año 1.907.

Para contemplar el momento cumbre, “el Sol de Medianoche”, dependía del día, según me informaron. Compré una lata de cerveza  Ringnes y presurosa salí al exterior. Me coloqué justo en la barandilla delante de la gran esfera. El corazón latía a mil por horas y un nudo se formó en mi garganta. El globo de fuego parecía que no quería tocar el agua y por breves momentos se quedó suspenso. Esta vez fue a las 00.25. Después, lentamente comenzó a ascender. Un batir de palmas rompió el silencio. Todos los que estábamos allí reunidos alzamos la voz al unísono y  brindábamos por esa maravillosa noche que acababa y por el nuevo día que comenzaba.

Sentí una sensación extraña al contemplar como empezaba un nuevo día sin haber visto la noche. Esa era la magia que flotaba en el ambiente de Cabo Norte, el punto más septentrional de Europa aunque no lo sea exactamente.

Un viaje que nunca olvidaré por la inmensa belleza que pude contemplar.

Post relativos a este periplo:

Saltando de isla en isla (II)  1-10-2.014

En busca del Sol de Medianoche (I) 2-6-2.018

A la búsqueda de ballenas 27-8-2.018

Aventura en moto de nieve en el Glaciar Vatnajökull

ISLANDIA

Apenas había transcurrido un año y en épocas diferentes — verano e invierno— viajé a Islandia y en ambas ocasiones había disfrutado de su naturaleza indómita, imprevisible y única. Islandia, me sedujo por su idiosincrasia, una isla única que sorprende a cualquier viajero. Su riqueza patrimonial era la Naturaleza, radicada en todos los lugares y rincones, sin excepción, todos eran merecedores para ser visitados, cada uno de ellos me resultaba más espectacular que el anterior. Por lo que deduje, lo más razonable era conocer la isla por los cuatro puntos cardinales.

Era 13 de julio 2.017 y la sexta jornada de viaje circundando la isla. Alojamiento en el Hotel Jökull,  situado a las afueras de Höfn.

En el pequeño grupo (nueve personas) con el que inicié mi primer viaje a Islandia, Ingrid, nuestra guía islandesa nos hizo la propuesta para hacer  una de las excursiones “estrella del viaje”: un paseo en moto de nieve en el Glaciar  Vatnajökull.

Sólo la idea de recorrer un mundo de hielo en el gran glaciar, con un sol radiante y en las alturas una temperatura sobre los  -3º  en pleno mes de julio, me pareció una auténtica aventura. El precio 26.000 ISK (Coronas islandesas) unos 200 Euros. Solamente tres mujeres, atrevidas y osadas, dimos el paso.

A las 14.00 horas p.m. un todoterreno 4×4 nos recogió en el Hotel para llevarnos hacia el campamento base, una especie de albergue de alta montaña.  Durante el trayecto de ascenso, era un verdadero disfrute contemplar las impresionantes vistas de los conos volcánicos, los campos de lava, las paredes rocosas y los lagos del entorno.

Según nos contó el guía que conducía, en todos los glaciares existentes en la isla, incluido el Vatnajökull, se había producido un retroceso debido al calentamiento global. Además por la reciente actividad volcánica en esta área, ya que este glaciar se encuentra situado sobre una cadena de volcanes con sistemáticas erupciones. Durante los días de viaje, ya me había percatado que la concienciación de los islandeses sobre el medio ambiente era un asunto que estaba muy arraigado en este lugar del planeta.

Casi rozando el cielo, se divisó el edifico de madera. Lo primero que se captaba a la llegada, como bienvenida a los atrevidos aventureros, las motos de nieve aparcadas. Un solo pensamiento invadía mi mente: la emoción de conducir una moto de nieve en el glaciar más grande de Islandia, el Vatnajökull.

Una vez en el campamento base, un Monitor se hizo cargo del grupo. Nos informó sobre el lugar y las características del recorrido, además, el comportamiento a seguir para no poner en riesgo nuestra seguridad. Solamente se exigía cumplimentar un formulario para que asumiera personalmente la responsabilidad. Seguidamente, como un ritual, nos proporcionaron el equipamiento adecuado para este tipo de excursión, incluido en el precio: un mono térmico, un gorro de lana, guantes, botas y casco. Después, sobre el terreno una lección sobre cómo manejar las motos de nieve – ya que en este tour no requería experiencia previa —La velocidad, importante a tener en cuenta, no sobrepasar 20 Km/hora y en fila india. Tuve la suerte de quedar la última, por lo que disfruté aún más la aventura.

El grupo ya estaba preparado para explorar el paisaje invernal. La inmensa planicie de inmaculada blancura que podía abarcar mis retinas y el aire helado, me dejaron sin aliento. El runrún acelerado de las motos rompió el silencio y una a una se fue integrando a la fila. Y yo, la última. Una excelente perspectiva de lo que parecía una larga serpiente rojinegra que se deslizaba por la llanura de nieve. La emoción embotaba mis sentidos y en unos instantes se convirtió en una sensación placentera.

Cada parte del glaciar recorrido me parecía que estaba lleno de misterio. Me sentía fascinada por el gélido paisaje y la adrenalina corría a raudales por mis venas. Durante el trazado por el glaciar Vatnajökull, imaginé que entraba en otra dimensión, en otro mundo donde reinaba el silencio, donde parecía que el mundo pedía una tregua para el sosiego. Tan solo escuchaba el crujido del hielo bajo el peso de los esquíes de la moto, sus huellas paralelas dejaban surcos en la extensa planicie del glaciar.

Recordé que había algo en común en todo cuanto me rodeaba: en la mayoría de los lugares que había recorrido de Islandia, coincidía con la ausencia de ruidos, sólo predominaba el silencio. Imaginé que su reinado comenzó justo en el momento que la tierra dejaba de rugir por los estremecimientos provocados por los volcanes del entorno. Una ráfaga de viento polar interrumpió mis pensamientos.

A medio camino, se hizo un alto para descansar y aliviar un poco la tensión acumulada. Minutos que se aprovecharon para intercambiar impresiones sobre la experiencia, hacer fotografias, además de juguetear con la nieve como niños traviesos. Tras este lapsus, emprendíamos el regreso.

A lo lejos, divisé el albergue del campamento base después de unas 2 horas.

Una vez despojada de la indumentaria, acudí al pequeño bar donde esperaba el resto del grupo. Una ronda para brindar por la aventura, por supuesto con una cerveza Vatnajökull, producida con el agua del propio glaciar y mejor aún saborearla en este lugar. En el exterior, un vehículo 4×4 esperaba al grupo para regresar al hotel.

Sin duda, fue una de las experiencias más impresionantes que había realizado hasta entonces. No sólo por la indudable belleza del entorno, sino por la magnífica sensación de libertad que generaba el estar allí en ese momento, en el gran Glaciar Vatnajökull.

Unos datos curiosos.

“El Parque Nacional de Vatnajökull (establecido el 7 de Junio de 2.008) está formado en realidad por tres parques o zonas distintas. Por una parte el propio Glaciar, pero también por el Parque Nacional Jökulságljúfur y por el Parque Nacional Skaftafell. En su conjunto ocupan alrededor de unos 12.000 Kilómetros cuadrados, aproximadamente un 12% de Islandia, por lo que le convierte en el parque natural más grande de Europa.

El Glaciar Vatnajökull es el epicentro de este parque natural, situado en el sureste de Islandia y ocupa unos 8.190 kilómetros cuadrados, un 8% de la superficie total de Islandia.

Es el mayor glaciar de Europa en volumen (más de 3.000 km3.) y el segundo más grande tras el Austfonna, en el archipiélago de las Svalbard, Noruega. No obstante, lo más llamativo: esta masa de hielo puede llegar a los 400 metros (media) a 900 metros (máxima) de grosor.”

En post anteriores refiero otros lugares de Islandia:

7-6-2.017 “Islandia, tierra de hielo, cataratas y naturaleza indómita”

14-7-2.018 “El insólito Museo de Penes, Reykjavik”

25-9-2.018 “Hacer snorkel en la falla de Silfra”.