Archivos Mensuales: septiembre 2018

Hacer “Snorkel” en la falla de Silfra- Islandia

Parque Nacional Thingvellir

En el viaje a Islandia del pasado mes de Febrero de 2.018 junto a mi amiga Diana, nos aguardaría la sorpresa de una de las experiencias más extraordinaria que viviríamos en toda nuestra vida: hacer snorkel en la gran falla de Silfra y además rodeada de nieve. Cuando nos informamos de la posibilidad, nos quedamos sorprendidas. Sólo pensar en la idea ya nos parece algo surrealista y eso nos anima aún más. ¡Para todo hay una primera vez!

El Parque Nacional de Thingvellir de unos 237 m2  de superficie es uno de los lugares más importantes del suroeste de Islandia, a unos de 45 km. de Reikiavik. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2.004 y Parque Nacional de Islandia en 1.928  tanto por su importancia cultural e histórica como por su singular naturaleza y geológica. En parte, le rodea el lago de origen volcánico más grande de Islandia, el Thingvallavant, con una superficie de 84 m2.  También es un sitio histórico. En  la parte oeste del Parque, se encuentra  el Lögberg, la roca de la ley, donde se reunió por primera vez  el Parlamento islandés. En ese mismo lugar se declaró a independencia de la isla en 1944.

El Parque está ubicado justo en la cresta de la Cordillera del Atlántico Medio, Thingvellir es uno de los únicos lugares en la Tierra donde es posible observar como las placas tectónicas de Eurasia y América del Norte divergen lentamente. La deriva continental creo fisuras que ahora están sumergidas, como Silfra y la cercana Daviosgjá.

La falla de Silfra en una de las simas provocadas por toda la actividad telúrica de la zona. Situada al borde del lago Thingvallavatn, la formación fue inundada con el paso del tiempo y se amplió hasta llegara al tamaño actual. El agua proviene del glaciar Langjökull que, situado a unos 50 km al norte, alimenta el lago y la falla. Sin embargo, la calidad prístina del agua de la falla se debe en parte a que el agua del glaciar sólo llega a Silfra tras decenas de años de viaje subterráneo. Una erupción del volcán Skjaldbreidur detuvo el curso normal del río con una barrera de lava porosa. Se calcula que las aguas necesitan entre treinta y cien años para llegar hasta la falla de Silfra.

Todo esto explica la transparencia y la extremada calidad de un agua potable, tal vez la más pura que existe.

Como la falla de Silfra está exactamente en el punto crucial entre las dos placas tectónicas, (cada año se separan unos 2 cm.) es el lugar exacto para hacer buceo y snorkel.

El día invernal que hemos elegido se presenta a veces nublado y ventoso, otras nos llegan débiles rayos de sol. Aquí en Islandia hay que tener en cuenta y, sobre todo muy presente, que la meteorología es cómo hacer una quiniela: difícilmente acertarás algún resultado. Y llega la hora de la verdad. A las 12.00 h. de mediodía nos recogen en el punto de encuentro. Una chica brasilera nos acompañará también en la aventura. Durante el recorrido, una hora aproximadamente en coche (45 Km), la joven instructora nos proporciona información básica sobre la geología de la fisura de Silfra y  del entorno del Parque.

El vehículo aparca en un área nevada cerca de la falla de Silfra, donde está ubicado el centro de buceo. Varios grupos de guías instruyen a otros buceadores y snorkelings que se preparan para la aventura. Nuestra instructora es islandesa, muy simpática y amable nos dan las instrucciones para cambiar de ropa y enfundarnos en el traje seco  de neopreno (*) que nos  entrega. Nuestras pertenencias deben quedarse en el interior del coche. Debemos cumplir todo un ritual a la intemperie a unos -9ºC, más el viento polar que nos hace padecer una fría sensación térmica de unos -13ºC. Pero es lo que hay.

Con aquellos extraños trajes negros, de grueso neopreno, casi congelados, ni Diana ni yo sabemos por dónde empezar. Después de recapacitar unos minutos, lo primero es desprendernos de parte de la ropa que llevamos puesta y de las botas, excepto  la ropa interior térmica y los calcetines de lana.  El frío es intenso. Vestimos encima un “mono” de tejido polar, llamado “rata”. Y después el traje de neopreno. Resulta bastante difícil enfundarlo sola pero enseguida nos ayudan. Después, manguitos de latex en cuello y puños para impedir el paso del agua. En la cabeza una capucha y para las manos  guantes de neopreno. También nos entregan una máscara de buceo, un tubo y aletas. Así terminamos esta metamorfosis  con el visto bueno de nuestra guía.

En un lado aparte junto a unos paneles, los instructores realizan una sesión informativa para que todos los grupos integrantes de esta aventura entendamos lo qué hacer y cómo comportarnos en el agua. Por cierto, la temperatura del agua oscila entre 2 y 3º C  durante todo el año. El recorrido es de unos 40-45 minutos aproximadamente (unos 650 metros) y cada grupo, no más de cinco snorkelings, llevará a su instructor que irá por encima de la superficie. Nosotras, solo somos tres personas. Y muy importante,  el recorrido sobre la superficie de la falla de Silfra.

Las cuatro partes principales de Silfra: Big Crack, Silfra Hall, Silfra Cathedral y Silfra Lagoon. Según nos informan, las secciones son: Primero la sección Big Crack, la parte más estrecha del Silfra, donde las placas continentales están tan cerca que es posible tocarlas a la vez. Seguidamente, Silfra Hall, la fisura se ensancha, donde el espectro completo de los colores y la claridad se vuelven aún más evidentes. En este punto, si miras en el ángulo correcto, puedes ver a través de las aguas cristalinas todo el camino hasta el lago Thingvallant, que está a unos 150 metros de distancia. La sección llamada como La Catedral, a medida que la profundidad alcanza los 23 metros, sientes que estás volando sobre las rocas y el limo glacial. Es increíble el paisaje submarino. Y el final del snorkel culmina en la laguna de Silfra.

Una recomendación ¡Por favor!  Prestad mucha atención a los instructores.”

Después de las informaciones e instrucciones caminamos, como pudimos, a través del suelo volcánico hacia la entrada de la falla (unos 250 metros) Descendemos por una escalera que termina en una plataforma sumergida que permite realizar los últimos preparativos: aletas, gafas y tubo. Nos indican “in situ” las posiciones que debemos adoptar para descansar: sentados o boca arriba en el agua (el traje seco de neopreno flota perfectamente) o boca abajo con las gafas de snorkel para la contemplación.

La aventura comienza. Mi primer contacto con el agua de Silfra es helado, a pesar de que sólo siento frío en el rostro. Una vez en el agua, me sumerjo en un mundo submarino surrealista. Me dejo llevar por la suave corriente. Las aguas son de una increíble visibilidad. Por un momento, dejo de respirar. No por miedo sino por puro asombro. Experimento una mezcla de serenidad profunda y euforia contenida. Los colores, los sonidos, incluso los pensamientos y los sentimientos son más intensos, más profundos. Mi  imaginación me lleva a fantasear en las profundidades de esta maravilla geológica. Algunas plantas, como las algas verdes y amarillas crecen en las rocas más superficiales y flotan sobre el agua creándose una nota de color

Al principio, el angosto canal de agua azul se estrecha a la entrada de la falla, me muevo despacio por la dificultad del traje. El mundo en las profundidades de Silfra se transforma; donde la luz del sol penetra suavemente y se pierde en la hondura de la sima. Intento no chocar con las paredes volcánicas, es una de las advertencias. Apenas muevo los brazos y las piernas, simplemente floto sobre los abismos de la fisura. Entre las paredes volcánicas las cuevas esconden sus secretos a los que rompemos el silencio. Todo es un mundo desconocido. Un mundo misterioso. En el exterior, el valle de Thingvellir está cubierto de nieve. Los snoklings nadamos cada uno a nuestro aire, compartiendo las mismas aguas heladas, con el privilegio de hacer snorkel en el mismo sitio que dos continentes se están separando. Una manera de descubrir un poco los misterios del interior de la tierra.

A veces, saco y meto la cabeza en el agua para sorprenderme una y otra vez con el contraste del exterior e interior. Una sima mágica se abre ante mis ojos: la diversidad  de musgos y algas, desde azules a verdes brillantes, incluida la llamada “pelo troll”. A medida que avanzo entre las sombras, contemplo las extraordinarias formaciones rocosas y la profundidad casi infinita de la falla de Silfra. Aunque no hay vida en este lugar es posible que, tal vez, encuentre un pez que rápidamente regresará al lago Thingvallant. Mientras derivo lentamente con la corriente, las sensaciones que percibo son indescriptibles.

Levanto la cabeza para orientarme o bien doy la vuelta hacia arriba para descansar y respirar con tranquilidad. No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que me sumergí. Apenas siento las manos porque el agua ha traspasado los guantes, al igual que los pies, están helados. La cara es la única parte de mi cuerpo que está en contacto directo con el agua helada ¡no puedo decir si es mía!

Por las explicaciones, supongo que he llegado hasta la Catedral. Es la parte más ancha de esta zona de la sima. Es muy hermosa y la que más me ha impresionado, sus colores son más azules. Me quedo exhorta en la contemplación. Hay algo especial que parece envolver este sitio. Agua dulce, aguas cristalinas, celestes, azules, turquesas para luego convertirse en verdes. Decido quedarme en este abismo mágico. El tiempo se queda en suspenso y disfruto de las maravillas que nuestro mundo esconde. Mientras la corriente me lleva, mantengo la escucha.

Avanzo hasta la parte final. En el borde de la fisura hay una plataforma y una escalera de metal. De pie, la joven instructora nos espera. Mi cabeza bambolea un poco. Alzo mi mano para pedir ayuda y Diana, mi amiga alarga el brazo para cogerme. Despojadas de aletas, gafas y guantes y tras unos minutos de descanso, iniciamos el camino de regreso al centro de buceo, a unos 500 metros.

Lo primero que nos ofrecen a la llegada son sendas tazas de chocolate muy caliente y galletas. Seguidamente, a la intemperie y aún con más frío, nos ayudan a desprendernos del traje seco de neopreno y, con una rapidez inusual, procedemos a vestirnos.

En esta latitud en invierno, comienza a oscurecer a las 16.00 horas. Es la hora de marcharnos. Comienza a nevar.

En todos los sentidos, ha sido una auténtica aventura que jamás olvidaré. Con esta experiencia de alto voltaje,  ahora puedo decir que el agua contiene escalofríos.

(*) Un traje seco de neopreno mantiene al buceador completamente seco y caliente. Esto se consigue mediante el uso de cremalleras estancas y manguitos (de neopreno o látex) en cuello y puños que impiden el paso del agua al interior del traje. Excepto cabeza y manos, que se protegen con una capucha y guantes de neopreno. Los trajes secos están hechos especialmente para flotar en la superficie del agua, es realmente difícil sumergirse ya que hay aire dentro.

Cueva de Valporquero, sorprendente naturaleza.

En mi último viaje a León, tuve la oportunidad de integrarme a un grupo de excursionistas para visitar la Cueva de Valporquero, de la que ya había oído hablar por su extensión y belleza. Me hizo mucha ilusión poder realizar esta visita inesperada y, a la vez, tan deseada, a pesar del día lluvioso y desapacible.

Aunque no eran muchos kilómetros de distancia, mereció la pena el viaje por la carretera de montaña que, en un largo tramo, bordeaba el curso del río Torío que atravesaba las espectaculares Hoces de Vegacervera, considerado Espacio Natural Protegido, un sitio de gran belleza.

En un desvío de la carretera, se inició el descenso hacia las instalaciones del complejo, dotado de aparcamiento, cafetería, parque infantil, merenderos, recepción a los visitantes, y otros servicios. En la fecha que fui, el mes de Abril, el entorno natural que le rodeaba comenzaba su despertar a la primavera. Me pareció que algo mágico reinaba en el ambiente.

La Cueva de Valporquero se sitúa en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica, al norte de la Provincia de León, a 47 Km de su capital y en el Municipio de Vegacervera. El cercano pueblo de Valporquero, se hallaba situado a 1.386 metros de altitud sobre el nivel del mar. La Cueva fue abierta al público en el mes de Julio de 1.966 y gestionada por la Diputación de León. Debido a las dificultades que entrañaban el recorrido, las visitas eran obligatorias con un guía conocedor del lugar.

En la Recepción de Visitantes.  [… El guía explicó brevemente  sobre unos paneles  su origen geológico y  el  recorrido habilitado para visitar era de unos 1.600 metros, ida y vuelta… Aunque a un nivel  inferior transcurría un río subterráneo, con una longitud de 3.150 metro… solo era apto para expediciones espeleológicas… Sobre la temperatura del interior era de  7º  constante y el 99% de humedad durante todo el año.

Sobre los estudios realizados. Hace aproximadamente más de un millón de años… en el Pleistoceno de la era Cuaternaria,  las aguas frías de los ríos empezaron a filtrarse a través de los poros, fisuras y grietas de la roca caliza de estas montañas… Tuvieron que pasar muchos milenios para que la Naturaleza… nos mostrara el fantástico mundo subterráneo que modeló estas caprichosas formaciones calizas y que aún continúa haciendo…]  

Seguidamente, indicó el camino hacia la Cueva, cuya entrada se hallaba a 1.309 metros de altitud sobre el nivel del mar.

Después de andar por un estrecho sendero que bordeaba el cauce del arroyo Valporquero, llegué hasta el final del camino: me topé con la alta pared de la montaña y una inmensa boca abierta me recibía para penetrar en su interior. El cristalino arroyo también continuaba su cauce hacia adentro. Al penetrar en esta sombría cueva, enseguida pude descubrir las ocultas e increíbles maravillas subterráneas.

La primera de las salas que estaba más al exterior de la cueva, era llamada Pequeñas Maravillas, que acogía el hermoso lago en el que se reflejaba el entorno. Desde aquí se iniciaba el recorrido por una empinada escalera para adentrarse hacia el interior.

La gran sala de rigurosa mención la llamada Gran Rotonda, la mayor del complejo, con una superficie de 5.600 metros cuadrados y unos 20 metros de altura. Aunque no eran abundantes las formaciones calcáreas me pareció indescriptible su belleza. Desde el comienzo, el sonido del agua fue mi fiel acompañante.

A continuación, desde la Gran Rotonda el camino discurría paralelo al río subterráneo. Desde un mirador, me asomé al vacío, una profunda sima que engullía las aguas tras un estruendoso salto de unos 15 metros. Y, la Sala de las Hadas, adornada con grandes banderolas, estalagmitas y una preciosa concentración de estalactitas coloreadas por el óxido de hierro y de zinc que parecían sustraerme hacia el techo de mirarla tan fijamente, o tal vez, las hadas me alzaba para contemplarlas en su magnitud.

Una excelente red de caminos, puentes, escaleras y una magnifica iluminación nos acompañaban para hacer más fácil el recorrido.

Un sitio que me sobrecogió un poco fue  El Cementerio Estalactítico, no por el significado, sino porque las estalactitas y estalagmitas ennegrecidas debido a desprendimientos fortuitos y junto a los sedimentos cubrían el suelo y el techo estrechando el camino.

Recorrer la llamada Gran Vía, fue impresionante, con una altura de 40 metros y  8 metros de anchura de cuyo techo pendían excéntricas,  banderolas y miles de largas estalactitas que daban la impresión de caerse de un momento a otro como afiladas espadas. No creí que mi imaginación fuera tan fantasiosa, pero el lugar invitaba al juego.

Seguidamente, la Columna Solitaria, en medio del camino, sorprendentemente hermosa, que ascendía desde el suelo hasta casi el techo cuajado de estalactitas y antodita  blanquecinas o translúcidas.

Para finalizar el recorrido, me esperaba el espacio llamado Maravillas, la sala que reunía la más completa sección  geológica. Situada al fondo de la Cueva donde se concentraba volúmenes amorfos, decenas de miles de estalactitas, coladas, residuos y columnas surgidas del milenario goteo del agua.  Una panorámica fantasmagórica que era reflejada en las aguas cristalinas del Lago de las Maravillas, que ofrecía desde su fondo los conos de las cavernas.

De las siete salas, cada una más sorprendente que la anterior. Una oportunidad aprovechada en la que pude admirar la gran obra de arte creada en el tiempo: estalactitas, estalagmitas, unas colgaban de techos y otras se elevaban del suelo hasta unirse, coladas, banderolas y columnas de diferentes coloridos, formaban un espectacular escenario.

El recorrido fue lo más detenido que pude, lo consideré como una  especial invitación que me ofrecía la Naturaleza: la contemplación de este paraje privilegiado y el disfrute de los sentidos. Aquí se podía reunir el ocio y la cultura.

La Cueva de Valporquero ubicada a 1.309 metros de altitud sobre el nivel mar, es la más alta de España que puede ser visitada.

 

La India-El Rangoli, la magia del arte

El pasado otoño de 2.017, en mi segundo viaje a la India, visité la antigua ciudad de Orchha (a unos 550 Km. de Delhi) que coincidió con el último día de la celebración nacional más importante de la India: el Diwali — en sánscrito Deepavali — o El Festival de las Luces, que anunciaba la llegada del año nuevo  según el calendario lunar hindú.

Un festivo que unía en su celebración a las religiones más importantes de la India, como  el hinduismo, el budismo, el sijismo y el jainismo. Todos los rituales de Diwali tenían un significado y una historia que contar. Los más comunes durante los días festivos era: estrenar ropa, adornar las casas con Rangolis como bienvenida sagrada para las deidades, intercambiar dulces y reunirse la familia para comer. Y sobre todo, me sorprendió la cantidad de flores que adornaban las calles, tiendas, restaurantes, incluso en el hotel  me ofrecieron el típico collar de bienvenida.

Durante los dos días de mi estancia, una de las muchas cosas que llamaron mi atención, precisamente, fueron los Rangolis, los dibujos  realizados en el suelo que adornaban las entradas de las casas y en las calles. Así como los cientos de  diyas (lámparas de aceite) que alumbraban por doquier. Mi curiosidad quedó plenamente saciada con las informaciones que recabé en el lugar y que anoté en mi cuaderno

El Rangoli era una tradición milenaria, una de las expresiones artísticas y populares más bellas de la India. Lo más importante era su significado, un símbolo de las creencias religiosas y culturales de los hindúes. Según los motivos del dibujo, reflejaban las distintas tradiciones y folklore característico de cada región. Este minucioso trabajo se realizaba en el suelo, en el interior o patio y a la entrada de las casas, como complemento al rezo de oraciones y para la protección de posibles desgracias. También como saludo de bienvenida a los huéspedes y para las celebraciones de los casamientos.

Este arte eminentemente milenario y popular, según los dibujos representaban la transitoriedad y fragilidad de la vida. Los motivos del diseño tanto como los elementos estaban relacionados con la naturaleza, las figuras de enredaderas, flores, cisnes o pavos reales. Para elaborar estos trabajos se utilizaban materiales a base de polvos de arroz, harina, arena, aserrín de madera, entre otros, que se teñían de diferentes colores. Los colorantes naturales utilizados en los dibujos eran el sindoor (bermellón) y la cúrcuma (amarillo-mostaza). También se utilizaban  colorantes sintéticos. Para los diseños floridos se hacían de flores o pétalos naturales.

Los patrones o dibujos geométricos podían tener apariencia plana o tridimensional. Era importante el aspecto central del diseño del Rangoli: las líneas deberán ser continuas y los bordes redondeados. Según la creencia hindú, una línea quebrada daba a los espíritus malignos la oportunidad de entrar en la casa.

Al comienzo de las celebraciones, habitualmente, empezaban las tareas a la salida del sol. Las encargadas eran las mujeres jóvenes de las familias y, según la ocasión festiva, se cantaban mantras sagrados mientras trabajaban. En otros casos, los diseños eran cuidadosamente elaborados con la ayuda de un grupo de personas. Al final, eran espectaculares obras de arte, a simple vista resultaban impresionantes en detalles por su  esmerada habilidad en la realización.

(*) […Este arte también es conocido por diferentes nombres según la región del país. En  Bengala se le llama Alpana. Es realizado casi siempre por mujeres, el material principal es el polvo de arroz y sus diseños están relacionados con las ceremonias religiosas. Es un arte popular con fines rituales cuyos secretos se transmiten de generación en generación.

En la ciudad de Bihar en cambio se denomina Aripana y es una variante del Rangoli. Cualquier ceremonia o ritual se considera incompleto si no se incluye un diseño Aripana en el patio, el frente de la puerta o algún otro lugar de la casa. En su origen, eran rituales agrícolas de fertilidad, y aunque actualmente están presentes en todo tipo de ceremonias, se siguen realizando a la manera tradicional, totalmente a mano.

En Kerala y Tamil Nadu este arte se denomina Kolam. Se utiliza polvo de arroz, caliza y ladrillo molido. Es considerado una oración pintada y utiliza diseños simétricos como bucles o curvas. Un Kolam en una casa se supone que atrae el éxito y la prosperidad; en las bodas, las pinturas kolam van desde el interior de la casa hasta la calle. Los secretos de su elaboración se transmiten de madres a hijas; son menos impactantes que los diseños anteriores pero en cambio sobresalen por su belleza…]

 

(*)Texto: La India, leyendas y costumbres.