Archivos Mensuales: agosto 2018

A la búsqueda de ballenas: Andenes (Noruega)

1ª Quincena Mes de Julio. En mi largo recorrido hacia Cabo Norte, el destino que toda persona viajera nos ilusiona, tuve la oportunidad de visitar varias ciudades noruegas y también los archipiélagos de las Lofoten y Vesteralen, situados a más de 300 Km. del Círculo Polar Ártico. Tenía el propósito de buscar en estas islas a una de las empresas que se dedicaban al avistamiento de las ballenas, cachalotes, rorcuales y otros cetáceos que habitualmente se encontraban en las profundidades del Mar de Noruega. Mi gran ilusión era contemplar uno de los grandes espectáculos que me brindaba la naturaleza.

Según mi información, el sitio privilegiado era la isla de Andoya, la más septentrional del archipiélago Vesteralen, y el lugar idóneo la ciudad de Andenes, latitud 69º 18’ 51’’ N. Se trataba de la principal base de observación de ballenas al norte de Noruega. Además, una ubicación única para acceder a esa experiencia que yo buscaba: una excursión para disfrutar lo más cerca posible de los grandes cetáceos en libertad.

Por otro lado, la situación de su latitud hacía que el sol de medianoche fuera visible desde mediados de mayo hasta finales de julio, aproximadamente.

La llegada a Andenes fue a media mañana, el día era luminoso y una temperatura de unos 10º. Había dos empresas que se dedicaban a los avistamientos. Decliné por una. Después de requerir la pertinente información  y compra de ticket en las oficinas de Whalesafari, la empresa que se dedicaba a las excursiones, nos convocó en el puerto para  embarcar a las 15.30, si la meteorología lo permitía ya que solía ser muy variable.

Nos adelantaron que la duración de la excursión sería de unas 4 a 5 horas y el barco se adentraría unas 16 millas mar adentro. Sólo a una hora, al norte-oeste de la costa de Andenes se encontraba Bleik Cañón, que formaba parte de la plataforma continental y el hogar de un rico suministro en aguas profundas de calamar, la sepia y el plancton, el alimento básico de la naturaleza para las ballenas, cachalotes, orcas y otros grandes cetáceos.

En el tiempo libre que disponía lo dediqué a recorrer esta pequeña localidad. A ambos lados de las calles enfilaban las típicas casas de madera pintadas de colores y daban una nota de color. La mayoría desembocaban hacia el puerto pesquero. Me sorprendió el imponente faro rojo, es el elemento que más caracteriza a este lugar. Tenía una altura de 40 metros y para subir hasta la linterna había que ascender 148 escalones. Desde el año 1.859 fue el vigilante de los barcos balleneros. En el año 1.978 el funcionamiento del faro fue automatizado.

El tiempo transcurría y aún estaba pendiente la visita, incluida en el ticket, del Centro Ballenero situado al lado del faro. Se trataba de un museo de lo más interesante. Estaba atendido por expertos biólogos marinos, informaban en varios idiomas sobre el comportamiento de los cetáceos, la biología y su lugar en el ecosistema que actualmente les amenazan. También se hallaban expuesto el esqueleto de una ballena o cachalote y objetos para sus capturas.

Poco antes de la hora convocada para el embarque, decidí toma un piscolabis para saciar un poco mi apetito, aunque no era lo más aconsejable.

Y, llegó el momento de la verdad. Con la emoción a tope subí al barco, estaba segura de que estaba a punto de vivir una experiencia inolvidable. La tarde no podía estar mejor, el viento había amainado bastante y el mar en calma. El comienzo de la travesía era agradable. Me senté en uno de los bancos situados a estribor, aunque había que abrigarse para estar en cubierta. Sin embargo, sentir la brisa marina en el rostro era reconfortante.

Fueron dos barcos los que salieron al mismo tiempo. Pasada casi una hora de navegación, dos miembros de la tripulación se subieron al mástil para otear el horizonte a la búsqueda de alguna señal; aunque el barco también contaba con un hidrófono para captar los sonidos que emitían los cetáceos en un radio de cuatro kilómetros. Todos los ojos estaban puestos sobre las aguas a la espera de divisar un resoplido.

Los dos barcos se situaron uno frente al otro a una distancia prudencial para abarcar la aparición del mastodóntico animal. Los motores silenciaron. Una sombra enorme y negruzca se dibujó casi en la superficie del agua. Poco después, una parte  negruzca del lomo era lo que sobresalía del agua. El silencio reinó en la cubierta y de pronto, a unos 100 metros el resoplido de la ballena que escupió una nube de agua que caía sobre su inmenso lomo. Un  animal de unos 18 metros de largo y  unas 55 toneladas de peso.

Por los altavoces se escuchó varias veces: ¡Diving!. Instantes después la ballena se arqueó, levantó el lomo y se producía la inmersión: la enorme cola del cetáceo emergía de las aguas. Con el corazón en la boca, mi dedo no dejaba de disparar fotos. Resultaba complicado mantener el equilibrio con los vaivenes del barco.

La adrenalina subía rápida por mis venas. Aún no me había repuesto de tanta emoción, el vigía anunciaba que un cachalote haría su aparición  por la derecha de la embarcación. No tan cerca como el anterior, pero lo suficiente para esperar ansiosa el momento de ver aparecer a la ballena. El momento era para vivirlo intensamente, esos escasos dos minutos que parecían segundos.

Al final del avistamiento, fueron tres cachalotes. Todo un espectáculo que me provocó un estado emocional increíble. Fue algo muy especial para mí haber podido contemplar  tan cerca a las grandes ballenas.

Un recuerdo imborrable que conservaré siempre, además de un paisaje increíble, un viento marino lleno de olor y muchas sensaciones en un entorno natural y salvaje que me cautivó desde el primer momento.

 

 

 

Las arenas milenarias del Desierto Blanco-Egipto

III Parte

En mis post anteriores, que indico al final, hacía referencias a este recorrido que inicié en El Cairo y terminaría en el Oasis de Bahariya y su entorno.

Tierras de Egipto, ricas en contrastes, ¿qué sorpresas me aguardaban?

En Farafra reanudamos el viaje hacia el Desierto Blanco o Sahara el Beyda, a unos 45 Km. La Depresión de Farafra ubicada en el oeste de Egipto, se encuentra en el desierto occidental, aproximadamente a mitad de camino entre los Oasis Dakhla y Bahariya. Fue declarado Parque Nacional por el Gobierno Egipcio en 2.002 y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Ahmed, el guía, me indicó en el mapa el panorama que teníamos por delante: tres días por el desierto. Nos esperaban jornadas duras y calurosas, por lo que nuevamente  se revisaron las bebidas. Una de las cosas más importante, era la provisión de agua. Luego, me acomodé lo mejor que pude en el asiento trasero mientras consultaba mis apuntes.

A unos kilómetros de la partida, en el otro lado de la carretera, lejos de las formas erosionadas por el viento, se podían ver pequeños cañones formados por rocas en forma de monolitos que se denominan inselbergs. A través de la ventanilla, observaba con curiosidad el paisaje. Justo al Norte de Farafra, comenzó a verse una caliza blanca creada por el sedimento de la fauna marina depositada en el lecho de un vasto y antiguo mar. Una capa de piedra caliza que databa del periodo tardío de la era Eocena, formaba una costra sobre la superficie.

Un poco más adelante, la carretera ascendía por una ladera escarpada que iniciaba el paso principal a la Depresión de Farafra y daba entrada al Desierto Blanco. Ante mis ojos un paisaje impresionantemente árido. Según las investigaciones que realicé para documentarme, en épocas pasadas en este Desierto se buscaban metales, se extraían piedras ornamentales y por sus diversas darbs o pistas marcharon los ejércitos del Antiguo Egipto. Ciertamente, existió una naturaleza muy diversa.

Si los desiertos siempre eran lugares extremos, el Desierto Blanco lo era más que ninguno. El paisaje expresaba de forma gráfica, una enorme extensión de rocas solidificadas. Las fantásticas formaciones son el resultado de millones de años de erosión producida  por el viento y la arena sobre el yeso. Un paisaje único e insólito que nunca había visto en otros lugares del Sahara,  como en Marruecos y Túnez. A lo largo de mi vida viajera había conocido otros desiertos, cada uno con su peculiar  idiosincrasia pero que siempre me fascinaron

La mañana avanzaba y el rey sol hacía que la temperatura fuera subiendo, tal vez, los 38º y ni siquiera donde resguardarnos para descansar un rato. Menos mal que a Ahmed se le ocurrió aparcar bajo las sombras que ofrecían algunas rocas en forma de columnas o de hongos. Para saciar el hambre, Abdalá nos aconsejó comer en pequeñas cantidades y en varias veces. Lo más importante: beber agua.

Esta parte que se adentraba entre Egipto y Libia hizo imaginarme que estaba pisando otro planeta. Por las espectaculares formaciones calcáreas y caprichosas que fueron moldeadas por el viento, podía suponer que estaba contemplando  un gigantesco museo al aire libre.

Conforme se avanzaba, le solicitaba  a Ahmed que transmitiera al chófer— Abdalá no sabía otro idioma— que detuviera el Jeep para extasiarme con las panorámicas que me rodeaban y hacer algunas fotografías. Contemplaba un espacio yermo, pero de una extraordinaria belleza y en medio de la nada, surgía un montículo y algún viejo taraje (Tamarix aphylla). El sol continuó ascendiendo hasta llegar a su cenit. El calor se hizo casi insoportable, según el beduino, unos 45 a 47º. En cierto modo, estaba acostumbrada a las altas temperaturas veraniegas de mi ciudad, Sevilla (Andalucía) que más o menos en plena canícula oscila entre los 40º y 43º a la sombra.

De vez en cuando, desde mi asiento trasero observaba a Abdalá, cómo conducía a través de las arenas del desierto, sin una brújula ni otro objeto que le sirviera para orientarse. Sabía perfectamente la ruta a seguir. Más tarde, satisfice mi curiosidad preguntándole y me respondió: ” He nacido aquí, entre los oasis de Farafra y Bahariya, mi padre era camellero de caravanas y desde niño le acompañaba, conozco todo esto como la palma de mi mano”. Me quedé “a cuadros”.

Según mis averiguaciones y haciendo un pequeño resumen, este extraño Desierto Blanco comenzó a formarse hace unos 60 millones de años. En remotas eras geológicas esta zona fue el fondo de un océano. Aún, hoy día, se puede observar lo que quedó de una fauna marina: fósiles  de peces, moluscos y Ammonites  que quedaron hace mucho tiempo incrustadas en las rocas calcáreas. En períodos geológicos posteriores, fue morada de rebaños de elefantes, jirafas, antílopes, leones y de hombres que habitaron en este lugar. Existieron lagos desbordantes de peces, rinocerontes y cocodrilos que vivieron entre las sabanas y los profundos bosques verdes.

Transcurrieron cientos de miles de años. Después, el viento se encargó de erosionar las enormes piedras creándose este paisaje insólito. Supongo, que los viajeros que nos aventuramos por estos lejanos confines, creo que no nos imaginábamos tal belleza creada por la Madre Naturaleza.

Antes del atardecer, se decidió un lugar para montar el pequeño campamento: una jaima adosada al “todoterreno” y la pequeña tienda de campaña que yo ocuparía. Entre Ahmed, el guía y Abdalá el beduino se encargaron de instalarlo todo. Mientras tanto, anduve unos cientos de metros. En realidad, estaba caminando sobre lo que fue el lecho de antiguos mares que moldearon el paisaje hacía cientos de millones de años y, ahora, era el Sahara, el Desierto Blanco.

Sin dudarlo, me subí a un montículo para observar el paisaje. El sol comenzaba a descender. Imaginé que estaba asistiendo a una extraña fiesta, la fiesta de los colores en el desierto. Poco a poco, comenzó el horizonte a inundarse de púrpuras, dorados, rojizos y rosados. En esos momentos, los descensos de temperaturas eran tan intensos como rápidos. Apenas sin darme cuenta, el negro de la noche cubrió este océano de arena. Las noches del desierto eran tan bellas como los días, viví una experiencia única.

Una excelente cena la que preparó Abdalá. Después, aprovechando el calor de la lumbre, se inició la ronda de preguntas entre unos y otros. Así, tuve la oportunidad de saciar mi curiosidad y como si fuera un juego, Ahmed hizo de intérprete entre Abdalá y yo. Un cambio de impresiones sobre las respectivas culturas y, sobre todo, me interesaba conocer el “modus vivendis” de los pobladores del Oasis de Bahariya y del entorno árido que les rodeaba. Mi próxima etapa.

En esta primera noche en el Desierto Blanco me encontraba demasiado excitada, tenía el privilegio de dormir bajo la inmensidad de un firmamento intensamente estrellado, una experiencia que nunca podría verbalizar. Había sido un día muy intenso. Recordé una frase que no sé dónde la leí o escuché: ”Lo que nos sucede siempre, nos sucede dentro; lo que nos conmueve, nunca se nos olvida”.

Muy temprano nos levantamos y después de un exquisito desayuno preparado por Abdalá, la nueva jornada comenzó antes de que despuntara el Sol.

Las dos jornadas siguientes por el Desierto Blanco fueron inolvidables, los insólitos paisajes, el avistamiento de caravanas de árabes comerciantes,  los recónditos pozos de agua, la convivencia con Ahmed y Abdalá de la que tanto aprendí, todo un cúmulo de cosas que me hicieron comprender la importancia de las cosas pequeñas e insignificantes.

Después de esta vivencia las respuestas a muchas preguntas que me hice una vez, se quedaron mudas. Sólo me remito a un dicho popular beduino y con el que me identifico. Porque en mi vida viajera, la primera vez que pisé el Sahara quedé fascinada por su atracción:

“El desierto es terrible e implacable, pero quién lo haya conocido jamás dejará de intentar volver a él”.

 

I Parte: “La Colina de Cristal” (4 Octubre 2.017)

II Parte: “Museo Bard Abdel en Farafra” (21 Octubre 2.017)

 

“Las Amazonas” asaltan el Teatro Romano de Mérida

Desde hace varios años, en esta época estival acudo a una cita ineludible: el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. En los meses de abril-mayo suelo estar pendiente de la programación de la temporada, al mismo tiempo, intento conseguir las pertinentes entradas al foro. Este año, una vez consultada las obras a estrenar, me decanté por “Las Amazonas”—el título original es “Pentesilea”— una tragedia de tema grecolatino de Heinrich von Kleist (1.777-1.811), considerado uno de los escritores dramáticos más importantes del romanticismo alemán.

En la adaptación que ha hecho Magüi Mira, veterana actriz y Directora teatral, se han suprimido largos textos en los que se narran combates, y ha optado por hacer que sucedan a la vista del público. Una obra que ha tenido que plantearse como un espectáculo para grandes escenarios a cielo abierto. Por lo tanto, ha sido un acierto que se presentara el estreno en el 64º Festival de Teatro Clásico de Mérida. Cada verano, el monumental Teatro Romano se convierte en el epicentro de la capital extremeña y también uno de los más importantes a nivel internacional.

El aforo del teatro es de unas 3.100 personas y con el cartel de “No hay localidades” durante todas las representaciones, desde el 8 hasta el 12 de Agosto de 2.018.

Desde el día del estreno los comentarios favorables corrían de boca a boca, amén de la división de opiniones creada por las críticas teatrales en los medios de comunicación.

Mi decisión al elegir esta representación resultó un gran acierto y el disfrute aún mayor: el escenario más idóneo, el alto nivel interpretativo de las principales actrices y actores, con un merecido “magna cum laude”, más los diez actores figurantes, una puesta en escena tremendamente espectacular creada por Curt Allen, la coreografía del magnífico coro de ballet dirigido por Yoshua Cienfuegos, la música y el sonido de Marco Rasa y el sorprendente vestuario diseñado por Lorenzo Caprile. Un conjunto de excelentes profesionales del mundo del teatro. Según las palabras de Magüi Mira:Es tal el esfuerzo físico al que se ha tenido que someter el grupo de actores que les lleva a expresar sentimientos con los gestos”.

“Las Amazonas”,  aunque la obra está ambientada en el periodo de la Antigua Grecia aborda asuntos que están en vigor: como la lucha feminista, el derecho a la igualdad, el cambio de roles y las consecuencias del amor obsesivo. No importa si existieron o no. Lo verdaderamente relevante de este mito es la historia de unas mujeres que, hastiadas, solo fueran consideradas botín de guerra y sus consecuencias. Ante estos hechos, deciden crear un estado propio para huir del sometimiento masculino.

Supongo que no hay nada nuevo bajo el sol. El transcurso de la vida es un círculo y todo lo que ocurrió en la trastienda del tiempo, de nuevo cobra vigor. Los Autores clásicos griegos y latinos hace más de 2.500 años escribieron sus obras y ahora están de rabiosa actualidad.

Por eso, creo que las amazonas son guerreras, no se conforman, se levantan y luchan por sus derechos.

 

Sinopsis de la obra “PENTESILEA”, de Kleist

El argumento de Pentesilea se teje en torno a tres combates entre los aqueos y las amazonas. En medio de la guerra de Troya, las amazonas llegan para apoyar a los troyanos, al tiempo que buscan hombres a quienes vencer para luego casarse con ellos de acuerdo con sus costumbres.

En el primer combate surge el amor entre Aquiles y Pentesilea. En la segunda batalla, la reina de las amazonas cae herida por la lanza de Aquiles, pero éste finge ser el vencido para no herir su orgullo y conseguir su amor. Sin embargo, las circunstancias obligan a Aquiles a confesar a Pentesilea que el vencedor ha sido él y no ella, sin imaginar la indignada respuesta de la amazona.

El tercer combate es provocado por Aquiles, quien tratando de enmendar su error comete otro. Reta a la reina de las amazonas a un encuentro a campo abierto y acude al combate totalmente desarmado, esperando ser vencido por ella. Pero Pentesilea es víctima de un furor extremo; su amor la ha consumido y des bordado, convirtiéndose en una furia sometida a pasiones irrefrenables.

Poseída por una ira ciega, Pentesilea lleva sus armas y sus perros de presa al combate donde espera a su amado, lleno de dulces presagios y ajeno por completo a la locura que ha poseído a la amazona. La reina lo persigue, lo hiere, lo muerde al unísono con sus perros y lo despedaza; del altivo guerrero sólo queda una masa sanguinolenta, arrastrada por el campo de batalla.

No obstante, el amor entre Pentesilea y Aquiles, de acuerdo con los usos y costumbres de su pueblo, Pentesilea sólo puede conseguir a Aquiles como amante derrotándole en batalla.

Como siempre, disfruté del teatro en un marco incomparable, a pesar del calor reinante.

 

El instinto Wanderlust o la Pasión por Viajar

Muchas de las personas de mi entorno saben que me encanta viajar, sin embargo no me considero una experta en viajes, ni tampoco quiero serlo. Aunque mis inquietudes viajeras comenzaron hace muchos tiempo, solo retrocedo a los últimos diez años en los que he mantenido más constantes las idas y regresos: porque es lo que más me llena y satisface, porque es mi pasión y porque soy enormemente feliz haciéndolo. Por lo que considero, soy poseedora de ese “don”  Wanderlust o Pasión por viajar.

Como nota aclaratoria: “la etimología de Wanderlust  proviene del alemán: Wandern, andar, caminar y Lust placer, goce. Así pues su traducción literal sería “gozar andando o caminando”.   Esto derivaría más tarde en el término anglosajón Wanderlust. Sin embargo, la traducción que se le ha dado a esta palabra al español sería: Pasión por viajar. Hasta hace poco tiempo, desconocía que hubiese un término tan específico para describir esas ansias de viajar que siempre he tenido. He podido constatar que en los medios de comunicación y en las redes sociales se ha convertido en uno de los términos más utilizados.

Algunas veces, me pregunté el por qué sentía ese instinto viajero. Según leí en algún sitio, […  Algunos investigadores defienden que existe un derivado del gen DRD4 que podría estar ligado a los niveles de dopamina en el cerebro de las personas; mientras que otros expertos defienden que se trata más bien de un fenómeno psicológicoSea un gen o sea un fenómeno psicológico, lo que es indudable que viajar es bueno para la mente. Mantiene el cerebro activo, mejora la orientación y las habilidades para la comunicación con personas que no hablan el mismo idioma…]

[…Al parecer, aquellas personas que esconden un gen DRD4 más pronunciado son las más impulsivas, extrovertidas e inquietas… Estas son las personas que podemos considerar que esconden el espíritu wanderlust.Son aquellas que aman viajar, no tienen miedo a tomar riesgos y son extremas…]  De cualquier forma, me siento afortunada con o sin gen DRD4.

 

 Y, ¿por qué somos Wanderlust los que viajamos?

En mi caso, cuando regreso de uno de mis recorridos, suelo pensar en el próximo viaje y, por supuesto, proyecto según mis prioridades en cuanto a la elección de los países que he de visitar. No hay duda que viajar es una de las mejores experiencias que puedo aportar a mi vida: descubrir nuevos lugares, sus gentes y las aventuras que surgen en el camino. Creo que todo lo que sucede antes, durante y después son conocimientos que enriquecen a la persona.

Por otro lado, para mí los grandes viajes en solitario tienen varias características en común: la soledad, la incertidumbre, el descubrimiento, la adaptación y sobre todo experimentar las emociones al límite. Viajar implica un riesgo, el cual no puedo controlar de antemano.  Pero el elemento — a mí me parece el más fascinante— es la capacidad que cada vez descubro  para estar sola y enfrentarme a los cambios constantes, totalmente despojada de referencias conocidas y de mis seres más queridos.

En cuanto a los viajes de corta duración nunca deja de ser un viaje, una escapada, unas mini-vacaciones. Con sólo ir al pueblo más cercano, para mí ya es importante. ¡Lo que cuenta es el espíritu!

Necesito ¡ya! un nuevo viaje largo. Con mayúscula: VIAJE LARGO. Necesito recorrer un país allende los mares, sabiendo que luego voy a pasar a otro país, después  a otro y a otro… Necesito volver a viajar por ahí, como me gusta a mí: sin tiempos, ni fechas, con todo el mundo por delante.

La adrenalina me invade mientras fantaseo con mi próximo destino, la aventura me llama a gritos y la maleta me espera con las asas abiertas.

Y tú, ¿tienes el espíritu wanderlust?