Archivos Mensuales: julio 2018

El insólito Museo de Penes en Reykjavik (Islandia)

En el pasado mes de febrero (2.018) viajé por segunda vez a Islandia. Una isla que me fascinó cuando la recorrí en verano (Julio 2.016) Nuevamente, se me presentó la oportunidad de volver en pleno invierno y me pareció aún más hermosa y algo misteriosa por la belleza de los paisajes cubiertos de nieve y el contraste del terreno negruzco de la lava. Aproveché los días que estuve para visitar más detenidamente la ciudad de Reykjavik, la capital de la isla y algunos de los museos que se quedaron “en el tintero” por falta de tiempo.

Uno de los lugares que despertó mi curiosidad femenina, era el insólito pero real, Icelandic Phallological Museum, más conocido como el “Museo de Penes”. Se considera el único existente en nuestro planeta, en el que se podía ver una colección realmente rara y exclusiva. Fue fundado en 1.997 por Sigurdur Hjartarson,  historiador, licenciado en la Universidad de Islandia. Fue durante 37 años profesor y director de una escuela de secundaria y un Instituto. Su andadura como coleccionista comenzó en 1.974. En el año 1.997 trasladó su pequeño museo de Húsavik a Reykjavik , un nuevo local modernizado y adaptado a sus raros especímenes que, poco a poco, aumentaron en sus distintas variedades. Actualmente, lo dirige su hijo, Hjörtur Gísil Sigurösson.

Después de abonar unos 12 Euros, a la entrada de la amplia y luminosa sala quedé sorprendida por el recibimiento: dos enormes penes de rorcual azul, también conocido como ballena azul, conservados en enormes recipientes con formol; el mayor medía 170 centímetros de altura y un peso de 75 kilos. Este mamífero marino es uno de los mayores animales que existen en el mundo, su tamaño real oscila entre 24 y 27 metros de largo y un peso de 100 a 120 toneladas.

Al igual que yo, los demás visitantes miraban con curiosidad la exposición y, a veces, elsilencio era sesgado por una risa nerviosa, una expresión grotesca o los cuchicheos en otros idiomas. Imaginé que todos estaban tan pasmados como yo.

pene embalsamado elefante

En las vitrinas y estantería pude contemplar y, también observé con detenimiento, todo tipo, formas y tamaños de falos pertenecientes a casi todos los mamíferos marinos y terrestres autóctonos y de otros lugares del mundo, cuidadosamente conservados en formol. En las paredes, enmarcados,  los disecados o embalsamados. Destacaba el correspondiente al elefante.

Eran curiosas las notas informativas colocadas a pie de cada contenido, en diversos idiomas: latín, islandés, esperanto, noruego, danés, alemán, francés, español, italiano, chino o japonés. Recordé que no encontré en ningún otro museo que había visitado en otros países, tantas anotaciones en diferentes idiomas, incluido el esperanto.

Según la guía informativa que hacían entrega para la visita, el Museo exhibe unos 270 ejemplares de penes pertenecientes a varias especies de animales, la mayoría pertenecientes a Islandia:

— 55 especímenes correspondían a diecisiete variedades de ballenas, cachalotes y rorcual azul. Existen cuatro categorías diferentes de ballenas identificadas por los científicos. Si bien hay muchas especies de ballenas y diferencias dentro de estas categorías.

— 36 especímenes de focas y morsas. Algunas, de las treinta y tres especies de focas conocidas en el mundo y de las morsas que habitan en los mares del Ártico.

—1 Muestra de un oso polar errante.

—115 especímenes provenientes de veinte especies autóctonas de distintos mamíferos terrestres.

— 23 representaciones de falos sobre personajes mitológicos islandeses (elfos, trols, etc)

— 40 penes de animales provenientes de distintos países.

La última pieza recibida fue el pene de un antílope, donación que llegó procedente de Namibia.

Otra de las singularidades que me llamó la atención —en este sitio todo era sorprendente e inaudito— las réplicas en plata de los penes erectos de los jugadores de balonmano seleccionados que obtuvieron la Medalla de Plata en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2.008.

Pene difunto Paul Arasson

Además, como broche de oro de esta insólita exposición, admiré (y repito: admiré) el pene conservado en formol del difunto Paul Arasson, amigo del fundador de este Museo. Antes de fallecer prometió tal donación. En el año 2.011 tras el óbito del anciano Paul (tenía 90 años) se realizó la amputación en una morgue bajo la supervisión de un médico forense.

Como objeto destacable, pude contemplar en una de las paredes las cartas  comprometidas y firmadas  — cuidadosamente enmarcadas —  de las futuras donaciones de cuatro voluntariosos “Homo Sapiens”: un islandés, un estadounidense, un inglés y un alemán.

También se exponen obras de arte relacionadas con la pintura y esculturas, piezas de diseños y otras rarezas relacionadas con el tema principal del Museo.

En la pequeña tienda podían adquirirse extravagantes condones, muñecos, pasta italiana, caramelos, piruletas, bombones y algunas piezas más con formas del miembro viril. Por supuesto que compré un “típico” souvenir.

En este viaje a Islandia ¿Cómo podría resistirme a la visita del único Museo del Pene?

Mi curiosidad quedó muy satisfecha.

 

En el corazón de Katmandú vive una diosa

Entre los meses de Noviembre y Diciembre del pasado año (2.017) recorrí una parte del legendario Nepal — actualmente República Federal Democrática de Nepal—  Ese pequeño país situado en medio de las rutas comerciales entre las naciones del sur en la India y los imperios del norte en el Tibet y China. Un país de inigualable belleza que me cautivó por la naturaleza que le rodeaba: los Himalayas(*), ese increíble lugar del Planeta donde parecía que la Tierra se juntaba con el Cielo.

En las informaciones que pude recoger antes de mi partida hacia Nepal, comprobé el sinfín de comunidades étnicas que convivían, cada una con sus propias costumbres, religiones y cultura. Sin embargo, las tradiciones hindúes y budistas se remontaban a más de dos milenios y siempre se mantuvieron dentro de la armonía religiosa.

Me llamó la atención una de las etnias indígenas más antigua y numerosa en el Valle de Katmandú: era la de los Newar. Su historia se remontaba a 2.500 años de antigüedad y su tradición había perdurado a lo largo de los siglos y sobrevivido  hasta nuestros días.  El nombre de la ciudad, Katmandú,  significaba «Templo de madera», porque fueron los newar los que construyeron los primeros templos de madera, adoquinaron las calles y crearon un imperio de belleza incomparable. Una mayoría aún habitaban en el Valle y eran campesinos. Otros, en los cercanos pueblos a la capital.

En mí recorrido por estas lejanas latitudes, tuve la suerte de contar con la inestimable compañía de  Aman Shrestha y de Hari, —la guía y el chófer del Toyota todoterreno, los dos de origen newar — A través de ella, amplié mis conocimientos sobre una de las fiestas más importantes que se celebran en Katmandú, El Yandya y  la curiosidad que me despertó la existencia de Kumari, la diosa viviente.

Así es, la festividad de Indra Jatra y la historia de Kumari, según las anotaciones que hice en su momento.

Cada año, en la ciudad de Katmandú se celebra la fiesta de Indra Jatra, o El Yandya, en memoria al dios Indra, el dios de la lluvia, muy importante en la cultura Newar. Comienza el día de la quincena Dwadasi del mes nepalí de Yenla hasta el día de Krishna Chaturth del mismo mes. En el primer día de la fiesta los newar recuerdan a los familiares que fallecieron el año anterior y ofrecen lamparillas de manteca de yak en los rituales que se celebran. Otra de las atracciones, a las que acuden cientos de personas, es la procesión de carrozas y bailarines enmascarados que representan a las diferentes deidades y a los demonios. Este acto conmemora la fundación de la ciudad de Katmandú en el siglo X por el rey Gunakamadeva.  Además, se organizan bailes en los escenarios al aire libre.

El tercer día de la festividad, tal vez, el más importante, en la Plaza Basantapur Durbar se reúne la mayor multitud de personas, devotos hindúes y budistas nepalíes para rendir culto a la diosa Kumari  Real, la diosa viviente. Es uno de los esporádicos días que se le permite salir del sitio donde reside, la Kumari Ghar cerca del palacio real. La pequeña niña es subida en brazos (sus pies no pueden tocar el suelo) a una carroza y es conducida en procesión por la zona monumental del centro de la ciudad; la principal razón es para dar las gracias a Indra, el dios de la lluvia y bendecir a la población ferviente.

En Nepal existen tres diosas Kumari, una por cada templo importante de las ciudades del Valle de Katmandú: la de Katmandú Deví está considerada Real, la de Bhaktapur y de Patán En el idioma sánscrito, kumari significa “inocente, virgen, puro”. Después, en el idioma nepalí pasó a significar “niña virgen”.

Sólo en el remoto corazón de Nepal, existe la ancestral  tradición de más de setecientos años, de glorificar a las niñas impúberes como diosa viviente o Kumari. Según la creencia es la reencarnación en la Tierra de la diosa hindú Durga, en nepalí es llamada Taleju. Para su rigurosa elección han de pertenecer a la comunidad indígena Newar y a la antigua saga de la familia Shakya, descendientes de Buda y contar entre tres y cuatro años de edad. Además, deben cumplir una serie de requisitos y rituales entre  los sacerdotes budistas e hinduistas, además de un sabio astrólogo, que son los que certifican que la niña seleccionada es poseedora de los treinta y dos lachhins — atributos físicos y psicológicos — como Buda.

Precisamente unos meses antes de mi viaje, fue elegida la última Kumari Real el día 28 de Septiembre de 2.017, una niña de tres años de nombre Trisnha Shakya. Su mandato llegará hasta  los 12 años, momento en el que, presuntamente, menstruará por primera vez. Entonces se considerará que la divinidad abandona su cuerpo, por lo que deberán seleccionar a una nueva Kumari.

En el caso de la reciente elección mencionada, la predecesora fue despedida con un homenaje del Ejército y sacedortes. Llevada en una carroza escoltada por cientos de personas al hogar de su familia que abandonó hacía casi una década. En su caso, recibe una pensión vitalicia, alrededor de unos 90 dólares/mensuales (unas 9.800 rupias nepalíes).

La diosa viviente o Kumari reside en Kumari Ghar bajo el cargo de cuidadoras, sacerdotes y asistentes, aunque su familia  puede visitarla a diario pero deberán tratarla como la diosa que es. Aún así, para los padres es un motivo de orgullo a pesar de las dificultades que entraña. El aislamiento al que está sometida, por su condición divina, le impide ir a la escuela pero puede recibir el plan de escolarización a través de un tutor.

Otras costumbres tradicionales.  La diosa viviente, Kumari, debe engalanarse a diario con ropas y maquillajes especiales. Sólo puede vestirse de rojo, el color de la energía positiva. El cabello recogido en un moño alto, los ojos perfilados con khol en gruesas rayas hasta las sienes. Los días festivos se le pinta en la frente una tika color carmesí con un agni chakchuu — el tercer ojo— plateado o dorado mirando al centro. Una prohibición que sobrepasa todos los límites: la diosa viviente no puede ser fotografiada. Aunque en las tiendas o souvenirs se pueden adquirir postales, calendarios y fotos de la diosa.

Los días que permanecí en Katmandú, visité la Kumari Ghar, únicamente estaba permitida la entrada al patio en el que pude admirar las ventanas, balcones interiores y la pequeña estupa con los símbolos de Sarasvati, diosa de la enseñanza. Era un hermoso edificio construido en el año 1.757 por el rey Jaya Prakash Malla. Fue restaurado en 1.966. Su arquitectura, típicamente nepalí consta de tres pisos con fachada de ladrillos rojos y decorado con unas magníficas tallas de madera en los pilares y ventanas en los que se recrean dioses y simbologías religiosas.

El edificio estaba bastante dañado y largos puntales de madera reforzaban la construcción.  Debido al fuerte terremoto que asoló el país en el mes de abril de 2.015 muchos edificios, palacios, estupas  y templos sufrieron graves daños, incluso algunos quedaron reducidos a un montón de escombros. Aún al día de hoy, tuve la impresión de que el terrible seísmo había ocurrido el día anterior. Todavía quedaban suficientes edificios para que la belleza de la Plaza Durbar continúe siendo espectacular, aunque un poco de su esplendor se perdió para siempre.

En los diez días de mi estancia por aquellas tierras pude experimentar que, a pesar de todo, los nepalíes por sus creencias y cultura transmitían positividad y alegría, a la vez que son  humildes y hospitalarios. Una felicidad y paz que me contagiaban con el sólo hecho de compartir un instante, cruzar una mirada,  una sonrisa y un cordial “Namaste”. Los occidentales tenemos mucho que aprender.

(*) Los nepalíes nombran así a la cordillera.