Archivos Mensuales: febrero 2018

Tiempo de Cuaresma en Sevilla

Ya estamos en Cuaresma o Cuadragésimo día antes de la Pascua. El calendario cuaresmal es el arranque para que comiencen los preparativos y el reencuentro con el sabor de los cultos, triduos, quinarios y septenarios, besapiés y besamanos. Cultos de reglas en los que las Hermandades buscan honrar a sus titulares y la admiración de fieles y devotos. Serán cuarenta días con sus cuarenta noches las que se vivirán, con especial intensidad, en las Iglesias de Sevilla que acogen a las Hermandades. Éstas representan una de las devociones más arraigadas en Andalucía y, particularmente, en Sevilla. El aroma a Semana Santa embriaga a toda la ciudad, en cada rincón se puede oler a cera y a incienso, esencia sevillana y oxígeno puro para el cofrade.

En Sevilla, la Cuaresma se vive como el anuncio de la pasión que está por venir, tiempo preliminar de la Semana Santa. El cofrade sevillano empieza a sentir los latidos del corazón de su Hermandad y el suyo aún se acelera más, a un ritmo vertiginoso cada día que transcurre. Cuarenta días desde el Miércoles de Ceniza hasta el Sábado de Pasión, nuestra Sevilla va preparándose en tener todos los sentidos en alerta. El olor del azahar, del incienso, el chisporroteo de la cera al fundirse nos anuncia la llegada,  ¡Sevilla ya huele a Semana Santa!

Durante esta época de Cuaresma, Sevilla lo hace de una manera particular, su idiosincrasia es su emblema y a la vez la hace diferente a otras ciudades. Sevilla crea su propia atmósfera en estos días. Unas tradiciones que hemos heredados de nuestros ancestros, toda una cultura que es enriquecedora tanto para el alma como para los sentidos.

Es tiempo en el que los nazarenos, con la ilusión de un niño, encargan sus capirotes y las túnicas y antifaces de sarga, terciopelos y de ruán negro salen de sus escondites en los roperos. En las Hermandades, comienza la maravillosa cuenta atrás para poner a punto sus imágenes titulares, encargar los exornos florales, limpiar la plata que recubre los respiraderos, varales, candelerías y candelabros de cola. La igualá de costalero y los ensayos que comenzaron semanas atrás, pondrán a punto todas las cuadrillas de costaleros. Las numerosas bandas de músicas afinan sus instrumentos. Y así, Sevilla se va inundando de acordes de trompetas, cornetas y tambores que comienzan a resonar en cada esquina.

Actos de arraigada tradición popular como “El Miserere”, de Eslava, el tradicional preámbulo musical de la Semana Santa y El Pregón, que se celebra el Domingo de Pasión en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, sirviendo éste de antesala a la Semana Grande de Sevilla.

La tradicional gastronomía cuaresmal también es digna de resaltar, en ésta época exquisitos manjares se prolija en los bares y restaurantes, lo mismo sucede en los hogares sevillanos. El bacalao es el producto estrella de los platos de la dieta cuaresmal. Se basan en recetas tradicionales que se han mantenido intactas en el tiempo: bacalao con tomate, bacalao ajoarriero, potaje de garbanzos con bacalao, croquetas de bacalao, pavías de merluza, espinacas con garbanzos, huevos a la flamenca. Y como postres, la tradicional torrija, roscos de vino, arroz con leche, buñuelos de canela, leche frita, pestiños y un sinfín de recetas caseras.

Pasarán los días, poco a poco se nos irá escapando este tiempo cuaresmal que ahora nos envuelve y cuya belleza eclipsa la Semana Santa.

La paciencia y la ilusión es la que nos aguarda para las vísperas del Domingo de Ramos.

Troya, ciudad legendaria e histórica

En los dos días de estancia que estuve en Canakkale (Turquía) aproveché la oportunidad para visitar la antigua ciudad de Troya, tan sólo distaba unos 25 kilómetros. Unos yacimientos arqueológicos que desde su descubrimiento han suscitado mucho interés y aún más polémicas. Para mí, significó una ocasión única para satisfacer mi curiosidad. En 1.998 fue Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

A la entrada del recinto arqueológico da la bienvenida, una supuesta réplica, del mítico caballo de madera que los griegos utilizaron para vencer a los troyanos. Ahora, posa para las fotografías de los visitantes.

En un elevado terreno en medio de una llanura, llamada la colina de Hisarlik, fue ubicada la ciudad troyana. A primera vista todo me  pareció un extenso rompecabezas. Unos amigos que había visitado estas ruinas, me advirtieron:” No vas a encontrar nada, no queda casi nada de Troya”. Sin embargo, sus palabras no hicieron mella en mi curiosidad, tal vez, incitaron aún más mi inquietud por conocer esta ciudad  legendaria.

Cuando era joven, leí algunos pasajes de la Ilíada, de Homero, y me fascinó la epopeya de la  guerra de Troya. Entonces, creí que la mitología y la realidad se entremezclaron de tal forma que, en ciertas ocasiones, me resultó difícil saber que había de verdad y de mitología en la historia de esta ciudad y, sobre todo, en la batalla que sostuvo con los griegos.

Durante mucho tiempo se creyó que su existencia no era más que una leyenda, hasta que sus ruinas fueron descubiertas en el año 1.871 por  Heinrich Schliemann, en lo que se denominó la Troya VI (1.700 a 1.250 a.C.)  Según parece, las sucesivas excavaciones resultaron desconcertantes por la complejidad de sus estructuras de las diferentes épocas.

Troya fue habitada por distintas civilizaciones desde principios del tercer milenio a.C. Encontraron  bajo los muros la existencia de otras construcciones, como se pudo comprobar en los diez estratos distintos del yacimiento. Cada una de estas ciudades había surgido en el mismo sitio varios siglos después de la destrucción de la anterior.

Caminar por las ruinas de Troya fue para mí un constante desafío, aunque mi satisfacción crecía por momentos. La amable señorita que dirigía el pequeño grupo, se esforzó en sus explicaciones y contestó a las consiguientes preguntas, cuyas   respuestas despertaron aún más la curiosidad de los visitantes.

Anduve por aquel laberinto de lienzos de murallas, entre los restos del Templo de Atenea, el Odeón romano y un santuario que desconocía a quién estaba dedicado. En los alrededores, viejas encinas, olivos y matorrales, pronóstico del abandono a que estaba sometido el recinto.  Sin duda, el lugar era muy complejo por las excavaciones que se extendían por aquí y por allá. Actualmente, estaban paralizadas.

También pude contemplar los restos de algunas casas, datadas del 2.600 al 2.250 a.C. y una rampa de grandes losas de piedra, se supone era la entrada hasta la ciudad. En el recorrido había carteles escritos en inglés, pero eran bastante reducidos los datos que reflejaban.

La mañana fue muy provechosa, a pesar del calor primaveral que hacía por aquellas latitudes. Mi curiosidad quedó plenamente saciada y un grato recuerdo permanece en mi mente.

De todas maneras, a diferencia de otros yacimientos de antiguas ciudades, Troya no es espectacular. Sin embargo, para cualquier amante de la historia y de la arqueología tendría que conocer esta mítica y legendaria ciudad.