Archivos Mensuales: enero 2018

Si volvieran a aparecer…

Amanece en una ciudad sin nombre, lugar, ni tiempo. Se despereza para iniciar su rutinaria actividad. Pero algo ha cambiado. Sus calles, plazas y jardines, están invadidas por miles de niños. Inmóviles. Silenciosos. Con la mirada perdida en algún punto que nadie es capaz de concretar. Descalzos, los zapatos colgados del cuello y una pequeña bolsa donde llevan su vida. Niños y adolescentes que viajan solos huyendo de la guerra. Algunos son huérfanos, venían con sus padres pero los perdieron en el naufragio.

La ciudad contiene la respiración: los que desaparecieron hace tanto tiempo han vuelto. Y, con ellos llegará la experiencia de lo extraño, porque su regreso es un acto de rebeldía contra la realidad que provocará que sus costuras empiecen a romperse. Expondrá a la ciudad a lo mágico, lo sobrenatural. Como en el cuento “Un viejo manuscrito” de Kafka:

[…Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos, sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan…]

Esta fábula la he podido escribir a partir de un dato: MAS DE 10.000 NIÑOS REFUGIADOS HAN DESAPARECIDO AL PISAR EUROPA.

Deberíamos entender que ellos también forman parte de nuestro tiempo y de nuestra cultura. Algo debemos hacer al respecto como sociedad para mejorar su calidad de vida y estrechar el cerco a las mafias que trafican con niños inocentes.

¿Qué pasaría si volvieran todos a la vez…?

Un gran escándalo moral en Europa en pleno siglo XXI que pasará a la Historia. Una crónica negra que juzgarán en un futuro no muy lejano.

Etna, el volcán con nombre de mujer

  Cuando viajé a Sicilia, uno de mis propósitos era poder subir al volcán Etna, que fue declarado en Junio de 2.013 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Este nombramiento me incitaba la curiosidad para conocer de cerca el volcán más alto de Europa, con  3.350 metros sobre el nivel del mar. Además, es el más activo del mundo.

Tal vez, la época no era la más apropiada – mes de marzo – su cumbre aún  estaba cubierta de nieve y los teleféricos había días que no funcionaban debido a los vientos. Pero según el antiguo refrán: “El que la sigue lo consigue”. De manera que hice caso a mi pálpito aventurero y otro tanto a mi osadía lo que hizo que la suerte me acompañara.

Le he llamado “El volcán con nombre de mujer” porque en la mitología griega su nombre derivaba de la ninfa Etna, hija del gigante Briareo y de Cimopolia. Por otro lado, era frecuente que la población siciliana le llamara, hasta hace relativamente pocos años, como Gibello y Mongibello a la montaña, quedando la denominación Etna para el cono volcánico.

Los registros más antiguos de este volcán datan de 1.500 a.C. y tiene el historial de erupciones documentadas más antiguas de todos los volcanes europeos. Está ubicado en el límite de una zona de subducción, donde la placa Africana se está hundiendo bajo la placa Euroasiática,  desde hace aproximadamente unos 100 millones de años. Situado en la costa este de Sicilia, es el más activo de Italia y de Europa. Debido a las continuas erupciones en la cumbre existen, al día de hoy, cuatro cráteres principales: la Vorágine, la Bocca Nuova, el Cráter Noroeste y el Cráter Sureste Complejo, y en sus flancos unas 300 ventilaciones variando su tamaño.

Es usual que se produzcan movimientos sísmicos en el Etna que deriva, a veces, en alertas que no pasan a más, aunque en ciclos de unos dos años es frecuente que se produzca la erupción de alguno de los cráteres. Los últimos episodios fueron registrados en Diciembre de 2.016, el 28 de Febrero y 16 de Marzo de 2.017.

Como ya he comentado, la suerte me llevaba de su mano porque, según me informé, la zona de los cráteres permanecía cerrada;  son contadas las ocasiones en las que  la empresa que explota este lugar reabre y permite caminar alrededor de alguno de los cráteres que están a  2.900 metros de altitud. Y yo, estaba en el lugar indicado y el día propicio para subir hasta el volcán Etna: amaneció claro y con un intenso cielo azul.

Para ascender al volcán había que llegar a los sitios donde se iniciaban las rutas. Existían diferentes alternativas. La excursión habitual estaba bien adaptada para todo aquel que quisiera subir. El teleférico Funivia dell´ Etna era la única empresa en la parte meridional que efectuaba las excursiones hasta las zonas de los cráteres. Estas excursiones podían variar según las autorizaciones dependientes de las autoridades competentes y con guías acompañantes.

El punto de partida estaba fijado en un lugar conocido como Nicolosi Nord-Rifugio Sapienza donde estaba situado el teleférico construido por el grupo Leitner, cota 1.910 metros de altitud. Desde este lugar hasta la estación superior del teleférico, una plataforma situada a 2.500 m. se podía contemplar una panorámica magnífica de las laderas nevadas y el majestuoso Etna, constantemente humeaba los gases tóxicos por todos sus costados. Una vez allí, decidí que merecía la pena hacer el recorrido completo y visitar la parte más elevada de la zona de los cráteres. Subí a uno de los todoterrenos Unimog  (Merecedes Benz) conducidos por expertos conductores conocedores de las rutas. La estrecha carretera serpenteaba mientras ascendía hacia la falda del Etna.

A partir de los 2.500 metros el paisaje empezó a cambiar, cada vez me parecía más increíble. La blancura de la nieve y la negrura del terreno volcánico eran de un contraste espectacular. Una vez llegado a la zona conocida como la de los “cráteres autorizados”, el vehículo quedó aparcado hasta el regreso.

Para llegar hasta uno de los cráteres más altos – es la cota superior a la que se permitía ascender  – el camino había que recorrerlo a pie. Una capa de unos 20 cm. de nieve cubría la zona y me resultaba incómodo el caminar, además la respiración se hacía más dificultosa a esa altura.  A medida que avanzaba, el viento del Norte soplaba con fuerza y sentía en mi rostro y en las manos un intenso frío. Según dijo el guía la temperatura oscilaba entre los -8º y -9º, sin embargo la sensación térmica sería mucho más baja.

A mí me pareció un camino interminable porque debido al frío glacial notaba que las piernas se  entumecían un poco, lo mismo ocurría con las manos al sostener la cámara fotográfica. Pero tuvo su recompensa: algunas chimeneas o ventiladores de las que escapaban fumarolas de azufre – el característico olor a huevos podridos –me anunciaron la cercanía a la zona de los cráteres. El paisaje me pareció majestuoso e indescriptible. A escasos centenares de metros más arriba, el cono del Etna coronado por la nieve y por el vaho sulfuroso me pareció de la augusta estirpe de los dioses griegos.

Al fin, me encontré delante de un incomparable panorama: el imponente cráter central conocido como Sud-Este. (2.900 m. altitud) y las recientes coladas de lava que caracterizan este paisaje. Me pareció que estaba en otro planeta. Las condiciones climáticas varían con facilidad. En poco tiempo  un mar de nubes, más baja de la cota, rodearon la zona y apenas se podía divisar el contorno de la isla.

Siguiendo las pautas del guía se comenzó a caminar sobre el estrecho borde del cráter. Se hizo en fila de uno tras otro y con el máximo cuidado de no resbalar bajo el inseguro terrero. Las rachas de viento eran tan fuertes que debía andar un poco inclinada hacia delante. A pesar de mis pies fríos percibía cómo la tierra estaba viva y respiraba bajo mis pies. La panorámica circundante era espectacular a la vez que desoladora por las tonalidades grisáceas producidas por la mezcla de lava y nieve del fondo del cráter.

Transcurrido el tiempo marcado por el guía, se inició el retorno al lugar del aparcamiento del vehículo para descender al punto de partida.

Ahora que lo recuerdo, creo que fue una temeridad este ascenso al Etna en la época de nieve. Sin embargo, mereció la pena porque disfruté de esta experiencia. Además, considero que es uno de los mayores atractivos que hay en Sicilia  para las personas que buscan aventuras.