Archivos Mensuales: julio 2017

Histórico símbolo de China: La Gran Muralla

Nunca imaginé que llegaría a visitar este país tan lejano: la República Popular China. Una vez decidida hice un minucioso estudio sobre este viaje para recorrer las ciudades más importantes de este inmenso país y sus principales monumentos. Me propuse varios retos. Uno de ellos era caminar por la Gran Muralla, designada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1.987. Y ese momento había llegado.

Cerca de Pekin las secciones  de la Gran Muralla que se pueden visitar son: Badaling, Juyongguan, Mutianyu, Simatai y Gubeikou.  La última parte de la construcción fue realizada durante la dinastía Ming (1.368-1.644) que perdura hasta nuestros días. Sin embargo, esta sección fue sometida a una gran restauración en 1.957, y la primera parte abierta al turismo. Esta extensión mide cerca de mil kilómetros de forma discontinua desde el Paso Shandai hasta Mutianyu. Este lugar era muy importante desde el punto de vista estratégico, puesto que conecta el interior y la zona cercana a la frontera norte de China.

Muchos de los tramos originales han sido destruidos o bien por el paso del tiempo, por la naturaleza, el abandono o por los campesinos que, durante años, han utilizado sus preciados ladrillos y rocas para levantar cercas para delimitar sus propias tierras.

Según me aconsejaron, el recorrido de la Gran Muralla por la ciudad de Badaling fue construido sobre un terreno muy empinado, por lo que el paisaje que la rodeaba era de una belleza incomparable. Después de consultar los diferentes sitios, me decidí por Badaling, tramo completamente restaurado.

Más de hora y media  de autopista desde Pekin y  sin nada reseñable (65 Km). El minibús llegó a la explana de parking. Un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo al ver la silueta de la muralla serpenteando entre las montañas.  La fecha no era la más indicada, los primeros días del pasado mes de Mayo considerada como fiesta nacional en la República Popular China y los chinos suelen viajar por su país. Sobre todo se dedican a visitar sus monumentos más emblemáticos. Así, comprendí el barullo de gente que se veía a lo largo y alto de la Muralla.

Unos 10 minutos de trayecto ya  me encontraba en  el acceso de Jinshanling Scenic Spot. El simpático guía marcó la hora del regreso  al punto de encuentro. Antes hizo varias recomendaciones: Tomar la escalera de la derecha, hacia el Norte. No intentar llegar más allá de la quinta torre vigía. Llevar agua y cubrir la cabeza. Con paso decidido me dirigí hacia el lugar recomendado.

Comencé el ascenso en solitario hacia la Gran Muralla.

El primer tramo transcurría por un camino, perfectamente acondicionado,  poco a poco la Gran Muralla se extendía por las colinas. Mi vista no logró acaparar toda la inmensidad del  fantástico panorama. Intuitivamente, comencé de forma casi compulsiva a fotografiarlo todo. La belleza de la Gran Muralla se manifiesta en su majestuosidad, su solidez y su grandeza.

Conforme avanzaba en el recorrido empezó a surgir dificultades por el ascenso. Se convirtió en exigente hasta que llegué al primer punto destacado, la torre de las 5 ventanas, que  daba acceso a las maravillosas vistas. Subí unos cuantos peldaños y disfruté de la primera panorámica del lugar.

Las dimensiones de la Gran Muralla  sobrecogen por lo que ves, pero más aún por lo que no. Esta parte de la Muralla fue levantada con ladrillos enormes, loess y piedra machacada. Su altura es de unos 10 metros y la anchura de su parte superior oscila entre los 4 y 5 metros. En el interior de la Muralla había escaleras y pasillos que llevaban a las puertas. Estaba jalonada por torres que se utilizaban para almacenar armas, cereales y pertrechos. También se utilizaban como lugar de descanso para los soldados y como refugio en tiempos de guerra.

De vez en cuando me detenía, por un lado para tomar aliento y por otro para fotografiar el entorno. Desde la lejanía, la alta Muralla se extendía por las crestas de las cadenas montañosas, imaginaba  la silueta de un gigantesco dragón. El calor era sofocante y el ascenso cada vez  más complicado. Conseguí alcanzar la segunda torre, situadas a unos 150 metros unas de otras. Un descanso a la sombra de sus paredes. En el interior de las torres se suele encontrar una persona que vende  agua, no muy fresca… pero agua. Adquirí una botella de medio litro. Sería la tercera a beber.

La adrenalina continuaba también ascendiendo. Reconocía que era un gran esfuerzo, pero esta oportunidad  no se me presentaría de nuevo.  Los desniveles eran excesivos y  no  permitían mantenerme con facilidad  en posición vertical sobre los  pies. Opté por agarrarme a unos tubos que servían de pasamanos a ambos lados del camino. Había que ir sin prisa, pero sin pausa, porque quedarme parada en esas pendientes no era sencillo. El serpenteo de la muralla se perdía en la distancia. Todo me parecía increíble, una obra de ingeniería colosal.

Llegaba a la tercera torre. En realidad no había caminado mucho, sin embargo las dificultades aumentaban. Seguía impresionada por el camino que veía delante de mí. Pero aún más la contemplación de la Muralla en el horizonte. Imaginé que mis ojos veían en 3D, podía girarme en cualquier dirección y la panorámica era grandiosa.  Gente que subían el camino y otras que descendían sudorosas y satisfechas por el logrado premio de llegar a la meta.

Continué caminando a buen ritmo, despacio. La cuarta torre estaba cerca. Tras las breves pausas que tomaba para descansar y a la vez fotografiar todo lo que veía, tomé posesión de la cuarta torre. El camino convertido ya en estrechos escalones de piedra y cada vez más ascendentes era un calvario. Aún me encontraba con fuerza para subir hasta la quinta torre. Pero lo pensé dos veces ¿Por qué arriesgarme a una caída…? Así que me quedé a los pies de la quinta torre, levanté mi mano e hice el signo de la victoria con los dedos.  Volví a descender hacia el punto de partida. Regreso que tampoco fue fácil.

Mientras descendía por el camino, empecé a valorar el esfuerzo a que estaba sometiendo mi cuerpo. Sin lugar a dudas, lo que estaba haciendo merecía la pena: cumplir un sueño, un reto impuesto así misma a pesar de los años cumplidos. Según un refrán: “El que la persigue, la consigue”. Y ese fue mi propósito.

Me sentí orgullosa por mi “hazaña”. Una pícara sonrisa se dibujó en mis labios.