Archivos Mensuales: febrero 2014

El gran mural de Hollywood ha sido restaurado

Si alguno de vosotros ha paseado alguna vez por Hollywood Boulevard, el Paseo de las Estrellas, probablemente le haya hecho una foto, como la que yo hice,  a un mural que se encuentra en el cruce con la Avenida Wilcox.
Se trata de un trabajo que no se puede designar como gaffiti y su estilo no se definiría de una buena calidad, pero la superficie que ocupa es impresionante. Desde la otra acera, podemos contemplar nada más y menos que a 71 estrellas del mundo del celuloide, desde iconos del cine mudo como Chaplin, a estrellas de los 80 como Richard Pryor.

Fue llamado You’re the Star, el primer trabajo  del pintor Thomas Suriya. Era la primera vez que retrataba a personas y pintaba un gran mural. Para ello utilizó la fachada del almacén de lencería propiedad de la familia de un amigo suyo. El artista pretendía en 1983 crear la ilusión de que las estrellas eran, por una vez, las que sentadas en el patio de butacas, veían pasar nuestra vida diaria. Después de 24 años el humo, el sol y el revestimiento para prevenir graffitis han hecho mella en el mural.

Por ello, a sus 59 años, el pintor ha vuelto para restaurar su obra para que la podamos admirar, al menos, otro cuarto de siglo. En esta ocasión, cobrará una ayuda económica por parte de la Concejalía de Arte del Ayuntamiento de Hollywood. Cuando realizó la obra contó con las donaciones de pinturas fabricadas por las tiendas locales. Esta vez, Thomas, confiesa que no podrá incluir a las estrellas que, al día de hoy,  le gustaría figuraran en el Gran Mural como Johnny Depp, Julia Roberts o Jack Nicholson, además de Harrison Ford, que en 1983 no le pareció que debía entrar en aquel grupo de famosos, aunque ya había protagonizado su película favorita: Blade Runner.

No es el único mural de este estilo que se puede encontrar en Hollywood, aunque sí uno de los más populares, dada su localización.

Bécquer, siempre eterno y actual

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) supo de la amargura del amor, vivió intensamente sus días y, sobre todo, lo contó sin edad ni época. Por eso, su obra disfruta de una actualidad imperecedera, especialmente Las Rimas. Treinta y cuatro años le bastaron para ganarse la condición de clásico. La poesía becqueriana transmite entusiasmo y emoción con un estilo sencillo que da cabida a sentimientos de desesperanza, convirtiendo así su obra en eternamente joven.

Descendiente de nobles holandeses afincados en Sevilla desde el siglo XVI, Bécquer fue un artista consciente que combinaba todas las artes, pues escribía, pintaba y tenía dotes musicales.

Fue un hombre total, completo como nosotros, eso sí, de dotes admirables. La leyenda nos lo ha presentado como un hombre desgraciado, a quien no supo comprender la sociedad española, siempre perdido en sueños y leyendas; poeta del amor puro y sublimado. La realidad es  que luchó durante seis años en Madrid, como los jóvenes de hoy, para abrirse camino. A los 20 años dirigió una publicación importante, La historia de los templos de España, firmó artículos en Época, un periódico destacado.

Varios son los géneros que toca, entre ellos el epistolar, como Desde mi celda, que reúne nueve cartas escritas para el periódico El Contemporáneo, de Madrid,  publicadas entre mayo y octubre de 1864. Es un viaje de ida y vuelta, una obra costumbrista, de cierzo y aquelarres, y claustros sombríos. Como narrador, destaca una de las más bellas leyendas que escribió y que vio la luz en 1.862 en el mismo diario: La Venta de los Gatos. El día 22 de enero de 1.928 fue colocada una placa en un lateral de la fachada, en la que se podía leer: “En esta casita, en tiempos pasados venta andaluza ocurrieron las escenas célebres de fiestas, de amores y tragedias que inspiraron al cisne sevillano, el gran poeta Gustavo Adolfo Bécquer su famosa leyenda “La Venta de los Gatos. Los admiradores del poeta pusieron esta lápida para perpetuar y recordar este romántico recuerdo. Donada por José Suárez Durán, marmolista de esta casa”.

Cada vez que escribía, algo nuevo innovaba. Era un enamorado de su oficio.

 Fotografía realizada por Sánchez del Pando- Fototeca Municipal

 Artículo publicado en la Revista Cultural Aldaba nª 22

 

El primer cuento de mi libro “Bajo la sombrilla”

                                                                    AZÚCAR AMARGO                                                                                        

 Sara, no lo pensó dos veces. Con paciencia, derritió en un perol unas cucharadas de azúcar, removiendo hasta que se fundió completamente y se convirtió en caramelo. Vertió el hirviente líquido en un molde de silicona que había preparado. Esperó que se enfriara. Cuando terminó, con delicadeza, sostuvo entre sus dedos la obra.        

       En ése momento, oyó la puerta del piso vecino y supo que su enemigo había llegado. Con una sonrisa fingida, Sara, acudió a pedirle un poco de azúcar. Entro tras él. Se acercó por la espalda y le clavó en la sien, sólo una vez y con certera puntería, aquel afilado cuchillo de durísimo caramelo.

        Con sumo cuidado lo retiró. En la herida depositó las hormigas que portaba en el frasco de cristal y se fue a su casa.

        Con pasmosa tranquilidad, enjuagó el cuchillo y lo dejó sumergido en un recipiente con agua caliente. Unos Instantes después el arma del  crimen desapareció.

      Aquel villano  nunca más podría molestarla… ni tampoco a su hijo de diez años.

 

                                                                                                      Enero de 2.010